¿Sabes que en el Barrio del Oeste hay una higuera? Está en la calle Gutenberg. No sale en los mapas ni en las guías, pero se conocen bien. La conocen por sus higos, por las tardes de verano y por esa costumbre tan del barrio de acercarse despacio, mirar arriba y calcular si hoy toca.
La higuera apareció un día de 2014, casi como quien no quiere la cosa. Nadie la plantó oficialmente. Simplemente estaba allí: dentro de un cubo, de no más de un metro de altura, apoyada junto a la puerta de un bar. Alguien la había dejado, quizá pensando que no tenía sitio en su casa o confiando en que alguien sabría qué hacer con ella.
Y alguien supo.
Un vecino la cogió y la trasplantó a una de las zonas ajardinadas de la calle. Sin ceremonia. Solo tierra, agua y tiempo. Desde entonces, la higuera hizo lo que mejor saben hacer las higueras: crecer despacio, a su aire, hasta convertirse en un árbol de verdad. Y, claro, dar fruto.
Da higos grandes, muy grandes. Y dulces. Y muchos. Tantos que, cuando llega la temporada, hay cola literalmente para recoger la cosecha. No cola formal, pero sí ese turno tácito que se respeta con miradas y silencios. Hay quien se ha fabricado un gancho casero para atrapar los higos más altos bajando las ramas con cuidado, como si se tratara de una técnica heredada y recolecciona para llenar bolsas un domingo temprano de la temporada.
Algunas personas, sobre todo por la tarde, se acercan y cogen dos o tres higos. No más. Los justos para merendar.
Y luego están los mayores. Los de verdad. Los que trepan la higuera arriesgando más de lo debido, para preocupación de quienes miran desde abajo. Pero todo sea por los higos. Porque esos higos merecen la pena. Porque subir al árbol también es una forma de recordar quién se ha sido.
La higuera de la calle Gutenberg no nació de un plan urbanístico ni de una campaña verde. Nació de un gesto anónimo. Hay quien en su día sugirió fuera talada pero el Ayto dijo que no y en las obras de 2025 se ha dejado. Es un árbol del barrio, con vecinos como raíces y higos como excusa para encontrarse.
En el Barrio del Oeste, a veces, la historia crece así: dentro de un cubo, junto a la puerta de un bar, y acaba convirtiéndose en un árbol alrededor del cual ocurren cosas.
Calle Valle Inclán, 8. Barrio del Oeste, Salamanca