Lectores por el Mundo. «Niebla» de Don Miguel de Unamuno. Capítulo 31

Lectores por el Mundo. «Niebla» de Don Miguel de Unamuno. Capítulo 31

Hola amigos lectores, para no faltar a nuestra cita del Domingo, quiero compartir el fragmento  del capítulo 31 de la novela Niebla, con el que hicimos nuestra edición especial del día del libro y os remito a ella para que podáis escuchar el podcast si todavía no lo habéis hecho.

Desde nuestro post de hoy un GRACIAS en mayúsculas a todos los que prestaron su voz y su tiempo para que este proyecto de compartir lecturas con lectores del mundo pudiera ser posible, es una manera de conocer otras mentalidades, otras formas de ver y vivir el mundo.

Abrirse a ver la vida de otra manera, con distintas prioridades, con distintas culturas, con distintos enfoques, es un entrenamiento genial de apertura de mente y de apartar prejuicios y conceptos, que os invito a practicar cada día. Y a través de las lecturas hacer crecer nuestro mundo interior.

https://zoes.es/2021/04/23/lectores-por-el-mundo-edicion-especial-dia-del-libro-11-idiomas-11-historias-11-gracias/

Capítulo 31

Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el naufrago que se agarra a una débil tabla, ocurríosle consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y platicado un rato conmigo. Emprendió , pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.

Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí preside a los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó frente a mí.

Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en seguido empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como el, y se lo demostré dictándole los más íntimos pormenores  y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y la traza del semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.

  • ¡Parece mentira! -repetía-, ¡Parece mentira! A no verlo no lo creería…. No sé si estoy despierto o soñando…
  • Ni despierto ni soñando -le contesté.
  • No me lo explico…, no me lo explico -añadió-; mas puesto que usted parece saber sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito…
  • si -le dije-; tú -y recalqué ese tú con un tono autoritario-, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en un de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.

El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mi; no podía. No disponía de sus fuerzas. (…)

Hasta aquí nuestro programa de hoy.

Y recordar amigos ¡No dejéis de Leer y No dejareis de Soñar!

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